Del odio al valor, sólo hay un paso.

En mi último post deje sólo como nota a pie la rivalidad de dos buenos compositores, músicos y artistas. En los subsiguientes días me quedé pensando en que las rivalidades, si son entre dos grandes genios que además son buenos contestatarios pueden rendir frutos exquisitos. ¿Debería convencer a mi lector tan sólo con ello? Tendré que poner ejemplos (sí, soy astuta pues precisamente quería hacerlo). Dos poetas maravillosos (a los que, por su existencia, se les atribuye la luz áurea de los Siglos de Oro) una vez en la Madre Patria, España, comenzaron un burlesco juego de insultos solamente por un nada despreciable puesto de poeta real, es decir y para que se entienda, ser poeta del rey de España.

Ya no doy más círculos (no vaya a salirme por la tangente) pues hablo de Luis de Góngora y Argote y de Francisco de Quevedo. La pequeña querella que se convirtió en celebre disputa (si fuera en esta época sonaría a chisme de barrio) comenzó cuando, al tomar valor, de manera despreocupadamente anónima uno lanzó un poema recordando a la población que su rival no tenía sangre noble. El otro, para responderle, no se escudó en el anonimato y respondió pícaramente con otros versos más ingeniosos (algo así como que con el esos versos se limpiaba el trasero).

Con ello, nos demuestran que un caballero se puede desprender de un lenguaje absurdo y soez para esgrimir insultos con elegancia e ingenio; basta con ver los apodos que se decían: Perro de los ingenios de Castilla, Anacreonte español; uno el culterano y el otro el conceptista (y lo eran pues ambos cultivaron esas formas de hacer poesía). Esos poemas terminan siendo diatribas mordaces (quién sabe igual y sí había mordidas ocultas de estos caníbales literarios) para sus contrincante y chisme gozoso para el poblado (que, repito, si fuera hoy en día los veríamos dando declaraciones a los programas llamados de espectáculos).

Este es chisme bien consabido y aún tienen quién reavive (más entre los críticos) y tome partido en la vieja rencilla e incluso dé pie a confrontar formalmente a los poemas. Sin embargo y bajo mi perspectiva es una delicia leer los dimes y diretes llenos de ingenio. No sé si decir si el odio es un algo para congratularse aunque sea para alguien específico y no para la mujer, una raza, una religión o el mundo en general; lo que sí se decir a ciencia cierta es que el odio se vuelve un incentivo para la antropofágia poética, por lo que, cualquier sentimiento puede producir grandes obras si es bien encausado.

 

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