Macedonio y Museo de la Novela de la Eterna, (Segunda Parte).

La cosificación de personajes.

Al mismo tiempo que a las personas les hace audiciones, el autor sufre económicamente y declara que, empero, no piensa vender ningún personaje.
Es decir, trata a los personajes como objetos que sí pueden ser vendidos y no como personas como cualquier otro autor de novela prototípica, por lo que resulta significativo el que no sean nombres corrientes los que les asigna a sus personajes, ignorando las objeciones de ellos. Dulce-Persona quería llamarse María Luisa y Quizágenio deseaba llamarse Plena-Persona.
Hay un prólogo, además, en donde redacta un dramatis personae (“Dos personajes desechados”) y después de ello enuncia a los personajes desechados desde el inicio: Pedro Coto y Nicolasa Moreno.
Aunque intenta Fernández cosificar a los personajes (como digo en el título del apartado), no lo logra, pues lo hace intencionalmente, porque, de no ser así, se volvería parte del prototipo de novela, por tanto, deja que el autor luche en contra de personajes-cosas que son autónomos, incluso si son desechados desde el principio.
Al autor se le revelan desde un principio, como Coto que exigía que la narración terminara antes de que se le enfriaran las tortas recién compradas o como Moreno que quería salir a ratos de la Novela para que no se le quemara la leche. Parte de la rebeldía es que son los únicos personajes potenciales que poseen apellido.
El propio autor es vulnerable al no controlar ni a los personajes aunque los cosifique o les dicte que hacer (no es gratuito que a uno de los prólogos lo titule “Lo que me sucede”). En el siguiente aparatado continúo con el análisis del manejo de nuevas formas para remplazar los constituyentes de una novela y la compensación con otros, como es el volver un lugar físico y un ser vivo a la Novela.

El lugar físico parcial.

A parte de que el autor vuelve cosas y personas a los personajes también le hace un cambio a la Novela, que es el que se convierta en un lugar físico, una especie de escenario leído en el que se desarrolla una obra teatral tocada por los ojos.
Un ejemplo claro de lo que digo es cuando explica que a Pasamonte le pone nervioso que lo lean y no la mirada del lector, además, siente cosquillas cuando pasa el lector sobre él la vista (la mirada se vuelve tacto).
Después avisa que el prólogo, que el lector está leyendo en ese momento, se ha cambiado de páginas, es mudable; esto les disgusta a otros como él y trata el autor de justificar su comportamiento diciendo que ese prólogo es muy inquieto. Agrego a esto que todos los prólogos están enamorados de la Novela, tanto así que uno quería ser capítulo y otro personaje.
Entonces, la novela no es del todo un espacio físico en donde el personaje puede mirar arriba para saber en qué capítulo vamos o el tener que leer por encima del hombro se convierta en un acto de pudor para no ver la desnudez de Dulce-Persona o el tener una sala de espera en una página hecha para el lector cansado. Tampoco es un ser del que se pueda enamorar alguien, únicamente lo hará el que posea sus mismas características como el prólogo.
Finalmente, los lectores nos damos cuenta que no sigue un patrón definitivo luego de que ignora los constituyentes “propios” de cualquier otra novela. Es decir, la Novela es un lugar físico parcial en tanto que siga siendo objeto hecho de hojas y es un ser vivo en tanto un lector la lea (redundancia lógica en el mundo de La Eterna).

Conclusión.

Es claro que Macedonio Fernández no deseaba continuar escribiendo novelas prototípicas y por eso termina proponiendo está primera Novela buena con ciertas características como lo son: las audiciones a personas que se vuelven personajes y él las trata como cosas pero son autónomas, de tal manera, que critican al autor como un buen prologuista y un pésimo narrador de finales (poseen rasgos de rebeldía). O la novela vuelta ser vivo y lugar físico visitado por la mirada táctil del lector.
“Macedonio lo construye con el ingenioso manejo de abstracciones, como objetos concretos, lo enloquece con el disparate llevado congruentemente a sus últimas consecuencias, y lo humaniza con la ironía indulgente que desinfla retóricas y falsos valores” (Barrenechea: 1996, 473).
En esta cita no sólo se expresa Ana María Barrenechea sobre la maestría de Fernández en su sentido del humor sutil y fuerte; sino también del manejo de nuevos elementos que constituyen su Novela en donde humaniza lo inerte mediante ironías con una incoherencia congruente. Ambos, el sentido del humor y los elementos nuevos que compensan los constituyentes de otras novelas típicas, afectan el tiempo (los prólogos que duran el abrir de una rosa), espacio (La Novela misma) y la causalidad (la razón del por qué los prólogos se mueven solos).

Bibliografía.

Barrenechea, Ana María. “Macedonio Fernández y su humorismo de la nada”, en Dossier de Museo de la Novela de la Eterna, 2ª ed., Ediciones UNESCO, España, 1996.
Fernández, Macedonio. Museo de la Novela de la Eterna, Ed. Ana María Camblong y Adolfo de Obieta, 2ª ed., Ediciones UNESCO, España, 1996 (Col. Archivos).
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