Minificciones y amistades.

Tengo un amigo, ya casi familia,que por años escribio cuentos excelentes e incluso intentó, y no es que lo desestime, una novela pero como todo, incluso la tesis, lo ha dejado pendiente. Sin embargo, no ha dejado de ser prolífico en el arte de contar. No sé si por influencia mía o son sólo los vasos comunicantes, el hecho es que se ha aventurado en el mundo de la sencillez, de darse la tarea de buscar la palabra más exacta con la finalidad de usar pocas pero verdaderamente esenciales. Con ello me refiero a las minificciones que son relatos estrictamente cortos, menos de la mitad de una cuartilla (u hoja, para los menos entendidos)en donde no siempre se desarrolla una historia, quizá sea una anécdota, un díálogo, que no siempre llega a la universalidad (como ocurre en el cuento) pero sí suele presentar una situación.
Ya es bien conocido el “cuento más corto del mundo” hecho por Augusto Monterroso (ese amable caballero): “El dinosaurio”[1]; dicho sea de paso, que Italo Calvino, al leerlo renunció a su plan de conjuntar en un solo libro los cuentos más cortos. Desde entonces, o quizá antes, varios han recorrido el mismo camino que Monterroso y es por ello que presento aquí las minificciones que más gusto me causan (exceptuando las de mi amigo porque no tengo los derechos reservados, esperaré hasta su misteriosa muerte ^-^). Es decir, he aquí una breve colección de las breves historias.

“Las sirenas”

Otra versión de la Odisea cuenta que la tripulación se perdió porque Ulises había ordenado a sus compañeros que se taparan los oídos para no oír el pérfido si bien dulce canto de las Sirenas, pero olvidó indicarles que cerraran los ojos,
Y como además las sirenas, de formas generosas, sabían danzar…
José de la Colina
“Circe”

 

Gracias a mi mente que se mantuvo humana, a salvo de los hechizos de la diosa, logré escabullirme, y al llegar a las afueras cayó sobre mí un puerquero que me sometió venciendo mis chillidos.
Raúl Renán
“Nocturno”

 

Hace tanto tiempo –me dijo al oído, jadeante todavía, y se acodó a mi lado, desnuda como el viento.
Sombras sobre sombras; una línea de luz en las caderas. Sus ojos brillantes en secreto. Comencé a besarle las axilas; bajé a mordiscos por el perfil de la luna; me detuve en las corvas; la escuché suspirar.
–Sígueme soñando –le supliqué–. No vayas a despertar.
Felipe Garrido
“Despistada”

 

Tardaban.
Mónica Lavín

 

“La culta dama”
Le pregunté a la culta dama si conocía el cuento de Augusto Monterroso titulado “El dinosaurio”.
—Ah, es una delicia —me respondió—, ya estoy leyéndolo.
José de la Colina
“El dinosaurio”
Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.
Augusto Monterroso

 

 

 

 

 

ZAVALA, Lauro (selec. y prol.). Minificción mexicana, 2003 (México: UNAM) [Antologías Literarias del Siglo XX].
[1] Ahora recuerdo una anécdota en donde alguien, frente a Monterroso al citar dicho cuento, agrego al principio una Y (conjunción para unir una cosa con otra, según mis clases de español), a lo que el contestó que al cuento ya lo había vuelto La Odisea.
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