LOS MEJORES BESOS (KLIMT Y RODIN).

Cuando tenemos un beso ya en la boca solemos pensar que es la máxima expresión de afecto, de amor, que podemos dar y recibir. También la forma en cómo ocurre cuenta mucho para poder expresar totalmente el sentimiento que se quiere transmitir, aunque no siempre suele ser consciente. Grandes artistas han podido plasmar en sus obras (de escultura y pintura) no sólo un beso si no también la expresión de ese sentimiento inconsciente que llega a traicionar a ese supuesto amor que queremos mostrar. A veces pensamos que el amor entre las parejas es más apasionado cuando la relación es tormentosa. Paolo y Francesca en El beso de Auguste Rodin (1886) nos lo demuestran. Es una pieza que causó un escándalo no sólo porque son dos amantes desnudos, en donde Francesca parece entregarse y dominar sobre la pasión de Paolo, si no porque muestra emociones que deberían ocultarse. Ambos amantes traicionaban a sus consortes (en especial al hermano de Paolo, esposo de Francesca) inspirándose en la historia de amor e infidelidad de Ginebra y Lanzarote, libro que Paolo tiene en la mano izquierda. Sea la desnudez, pasión prohibida, o el arrebato de los amantes ocurre algo más en la escultura que incita a la molestia. A mi parecer es la entrega y el dominio del mismo que tiene Francesca. Es ella quien atrae y apresa a Paolo con su brazo izquierdo y cubre su vista hacia otras cosas que no sean ella. Coloca sus piernas sobre las de él de tal manera que le abre el compás y deja libre la sexualidad de su amante, que de alguna manera, al estar expuesta, también resulta vulnerable (podría hasta decir que atentado al sexo masculino al minimizarlo o arrancarlo). Desde el pequeño pie femenino que pone sobre el pie de Paolo, comienza la caricia y el acercamiento. Ella es quien dirige la acción expresada con el movimiento comparado con el medio giro rígido de Paolo. Ella es dadora y él, tan sólo un receptor. Es claramente un dominio femenino ante la pasividad de lo masculino, quien únicamente se limita a sostener, por un lado, el libro que despertó su pasión, y, por otro lado, a acercar dócilmente a Francesca con su mano derecha sin que ésta ejerza presión sobre la carne femenina. Si bien, la tradición occidental nos dice que la mujer es sumisa (la que recibe al hombre) la escultura atenta contra ello. El hombre es el pasivo, el que es dominado, es el objeto, el que es reprimido; la mujer es la activa, la dominante, el sujeto, es quien demuestra el deseo, el brindarse de lleno al ser amado y la sexualidad plena.

Ya entre 1907 y 1908 Gustav Klimt regala a la humanidad un beso plasmado en pintura al óleo, un beso distinto al anterior, en donde la identidad masculina y la femenina son más evidentes y el riesgo de brindarse es mayor. Aquí el beso amoroso no es dado por la mujer y no se da en la boca, es un beso en la mejilla y por un hombre cuyo rostro es poco visible. En El beso de Klimt, él se encuentra coronado por hojas y envuelto con una túnica con rectángulos, indicio evidente de su falo, que lo cubre completamente. Mientras que ella está más adornada pues su cabello rojo está inundado de flores pequeñas y variadas, envuelta en el mismo manto que él. Pero el diseño que le corresponde a ella son círculos que logran delinear su figura, acentuando esa feminidad y sensualidad. La luz dorada que despide el manto resplandece más ante el contraste del espacio café oscuro (acompañado con un poco de ocre), de la parte superior. En la parte inferior vemos un campo de flores, cada una individual, que termina en un precipicio. Justo en donde los pies de ella se aferran a la tierra. Del varón no se ve nada más que su cuello y cabeza pero de ella vemos su hombro, sus piernas y sus pies. Estos aún tienen parte del adorno de la manta que cae como una cascada dorada y se acumulan un poco más en los tobillos, en donde crean la ilusión de grilletes abiertos. Los pies tienen una evidencia clara de resistir a la caída en el abismo. Si seguimos viendo bien el cuadro volvemos la mirada al centro de la imagen, en donde la mano izquierda de ella está apresada por el manto rectangular del varón al tiempo que ella opone resistencia al tomar la mano derecha de él y tratar de apartarla de su rostro. También el rostro de la mujer se encuentra preso entre el rostro y las manos de él. El hombre se esfuerza por hacer que ella gire la cabeza para recibir el beso. Ella, en su rostro, no expresa el repudio que se pensaría, en relación al resto del cuerpo. Sus labios cerrados sin ejercer presión, sus cejas que parecerían indicar que la mujer duerme muestran una total indiferencia. Cabe aclarar que el cuerpo femenino en la pintura exhibe sensualidad y pasión, basta ver el hombro rosado, carnoso y redondo; mas no son esos atributos expresados debido a que la mujer los retrae, los esconde a voluntad. Gustav Klimt da muestra de la aparente entrega pasiva de la mujer, una entrega que el sexo masculino suele pensar que es total, libre y sumisa (ella le rodea el cuello como en un medio abrazo) pero que el pintor austriaco plasma como una entrega aparente, una entrega que no lo es. El beso es dado mas no recibido, no es aceptado, no existe un receptor, no hay una libertad sino un intento por forzar al “sexo débil” a la sumisión. Un beso inocente se convierte en un combate de sexos, en donde la lucha es por tener el control en la sumisión del otro, y por tanto, en el dominio total de ese ser amado. Lucha en donde aparentemente el varón cree que tiene el control al tener a la mujer envuelta en el manto (apresados su mano y sus pies) y al borde el precipicio pero, finalmente, se muestra el triunfo silencioso de ella al esquivar el beso, al no mostrar ninguna expresión de emoción, al cerrarse para él (como es el sexo femenino, la vagina).

Los besos visto a través de la mirada de un artista, sea pintor o escultor, transmiten con una plasticidad sorprendente sentimientos que dejan en la periferia al amor. El dominio del sexo femenino en ambos se presentan tanto de forma activa como pasiva ante la presencia de sexo masculino, quien se vuelve un mero objeto en donde volcar las emociones, un títere al que se le deja tener algo de razón. La aparente entrega en ambos besos no es signo de sumisión femenina, al contrario, el triunfo del sexo femenino consiste la acción activa o la resistencia mediante la aparente sumisión para alcanzar el dominio total. A pesar de mi personal visión de mujer no deja de ser evidente la perspectiva de los artistas masculinos que quisieron plasmar la entrega femenina y, a la par, lograron exhibir magistralmente el sentimiento inconsciente durante esa entrega; todo tan sólo con un beso.
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